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Recuerdos de almendro

September 10, 2017

 

Segundo Premio Nacional de Relatos Infantiles para la colección El Duende Verde, Anaya.

 

 

 

Cuando le pregunté por qué tenía tantas cajitas en la mesa azul no me supo responder. No me miró a la cara para esbozar su infatigable sonrisa y mostrarme esos ojos alegres que reinan en su rostro. Ni siquiera miró las cajitas evocando algún recuerdo apasionante o cuando menos enternecedor. Simplemente siguió haciendo la maleta y dijo:

 

- No lo sé, simplemente han ido cayendo en el mueble.

 

Entonces yo me imaginé una lluvia lenta y suave de cajitas de colores, de diferentes tamaños y materiales, que iban aterrizando en la mesita de mi tía. Poco a poco caían del techo, donde se había formado un nubarrón tremendo. Bajaban en globos de colores, tranquilamente, saboreando el paisaje del cuarto, balanceadas por la suave brisa de verano que entraba por la ventana, contentas de llegar a un sitio soleado, entusiasmadas por la suerte de ir a parar a una mesita azul como aquella, desde donde podrían contemplar la hermosa vista del jardín y las montañas de fondo.  Las cajitas iban posándose desperdigadas, alejadas unas de otras. Al aterrizar, el globo con el que habían descendido se soltaba y volvía a subir al techo, de manera que era un espectáculo de formas y colores que iban y venían del techo a la mesita. De la mesita al techo.

 

 

Durante esta lluvia imaginaba a mi tía sentada en su mecedora junto a la ventana, ajena al espectáculo que sucedía en su cuarto a tan solo unos metros de ella, con un libro sobre las piernas, el cual había dejado ahí para mirar a un pajarillo que estaba piando de una forma extraña pero bonita y muy enérgica (el pajarillo, en realidad, lo que intentaba era decirle a mi tía que no le mirara a él, que mirara la maravilla que estaba pasando en su cuarto). La lluvia de cajitas cesó antes de que mi tía girara la cabeza, de hecho no fue hasta días más tarde que reparó en este pequeño detalle. Seguramente le pareció de lo más normal que estuvieran allí, y por eso no supo explicarme por qué tenía tantas cajitas. Tal vez pensó que alguien las había dejado ahí olvidadas y no le dio la menor importancia, acostumbrada como estaba a que los objetos cobraran vida en su ausencia. [...]

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